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La oposición frente a su mayor adversario: ella misma.

Por Lic. Peter Acosta – Politólogo.

La reciente elección de Alcides Riveros como presidente del Partido Liberal Radical Auténtico (PLRA) abre una nueva etapa para el principal partido de oposición del Paraguay. Sería intelectualmente deshonesto emitir un juicio definitivo sobre un liderazgo que recién comienza. Las buenas intenciones existen y merecen un margen de tiempo para demostrar si pueden traducirse en una estrategia política capaz de fortalecer a la oposición.

Sin embargo, el problema de la oposición paraguaya nunca ha sido exclusivamente una cuestión de liderazgo. Históricamente, su principal debilidad ha radicado en la incapacidad de comprender que el poder no se conquista únicamente mediante discursos, denuncias o posiciones morales, sino también a través de estrategia, coordinación, disciplina y objetivos compartidos.
La tarea de Alcides Riveros ya era compleja desde el inicio. Hoy parece aún más desafiante, cuando distintos referentes opositores parecen contribuir a profundizar las dificultades en lugar de generar condiciones para superarlas.

Resulta llamativa, por ejemplo, la decisión del intendente de Villa Elisa, Sergio Estigarribia, de sostener públicamente que la Asociación Nacional Republicana estaría financiando a Cruzada Nacional y Yo Creo. Si esa afirmación se sustenta en elementos verificables, corresponde que sea canalizada por las vías institucionales competentes. Pero si se formula en medio de un proceso de reconstrucción de la oposición, surge una pregunta inevitable: ¿cuál es el objetivo estratégico de una acusación pública de semejante magnitud?
Sea verdadera, parcialmente cierta o incluso equivocada, el efecto político inmediato parece ser el mismo: profundizar la desconfianza entre sectores que, precisamente, deberían buscar mecanismos de cooperación para disputar el poder. En política no solo importa la veracidad de una afirmación; también importan su oportunidad y sus consecuencias estratégicas.

A ello se suma la permanente incertidumbre que proyecta Payo Cubas sobre la orientación de Cruzada Nacional. La imprevisibilidad, lejos de fortalecer una alternativa democrática, alimenta la fragmentación y dificulta cualquier intento serio de articulación opositora.

En otro plano aparece Katya González. Su insistencia en colocar la ética como eje casi exclusivo del debate político parece reflejar una visión limitada de lo que implica construir poder democrático. La ética es indispensable para gobernar, pero no sustituye la negociación, la conducción política, la construcción de mayorías ni la administración inteligente de las diferencias. Cuando estos elementos quedan relegados, las posibilidades de convertir principios en capacidad efectiva de gobierno se reducen considerablemente.

Dentro del propio Partido Liberal tampoco desaparecen los liderazgos individuales que continúan priorizando sus aspiraciones personales antes que una estrategia colectiva. Dirigentes como Ever Villalba, Dionisio Amarilla y otros referentes siguen proyectando posicionamientos que, lejos de fortalecer la unidad partidaria, alimentan la percepción de una oposición incapaz de ordenar sus prioridades.

Mientras tanto, el Partido Colorado observa este escenario con una tranquilidad difícil de ignorar. Su fortaleza no proviene únicamente de su estructura partidaria, de los recursos propios del oficialismo o de décadas de organización política. También encuentra ventajas en una oposición que, con demasiada frecuencia, termina favoreciendo involuntariamente a su principal adversario.

La hegemonía colorada tiene uno de sus principales aliados en la inmadurez estratégica de quienes buscan disputarle el gobierno. La fragmentación permanente, los egos personales, la ausencia de una conducción común y las dificultades para construir consensos generan un efecto paradójico: facilitan la continuidad del oficialismo sin que este deba realizar mayores esfuerzos para dividir a sus adversarios.
Alcides Riveros enfrenta, por tanto, un desafío que excede ampliamente la presidencia del PLRA. Su reto consiste en intentar conducir una oposición cuyos principales obstáculos, muchas veces, no provienen del oficialismo, sino de sus propias divisiones.

La democracia paraguaya necesita una oposición fuerte, porque la alternancia fortalece las instituciones y mejora la calidad del sistema democrático. Pero esa alternancia difícilmente será posible mientras algunos dirigentes continúen confundiendo la política con el protagonismo personal, la estrategia con la improvisación y la construcción de poder con discursos aislados.

La verdadera renovación de la oposición comenzará el día en que sus dirigentes comprendan que el principal adversario no siempre se encuentra enfrente. Con frecuencia, habita dentro de sus propias filas, alimentado por el ego, la improvisación y la incapacidad de construir un proyecto colectivo capaz de disputar el poder con eficacia.

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