
Por Lic. Peter Acosta
En política, los comienzos importan. No porque determinen de manera inexorable el destino de un liderazgo, sino porque revelan sus intenciones. Los primeros movimientos suelen contener una declaración silenciosa sobre la forma en que se ejercerá el poder. Allí donde algunos buscan imponer, otros optan por escuchar. Allí donde algunos creen que la autoridad se construye mediante la confrontación permanente, otros comprenden que la legitimidad nace del diálogo.
Los primeros pasos de Alcides Riveros al frente del Partido Liberal Radical Auténtico (PLRA) parecen orientarse hacia esta segunda lógica.
La reciente Asamblea liberal dejó una señal que merece ser observada con atención. Más allá de las disputas internas, inevitables en toda organización política que aspire a seguir siendo relevante, emergió una actitud que durante años estuvo ausente en buena parte de la dirigencia paraguaya: la disposición a escuchar.
Puede parecer un gesto menor, pero no lo es.
El filósofo alemán Jürgen Habermas sostenía que la fortaleza de las instituciones democráticas depende de la capacidad de construir consensos mediante la comunicación racional. La política deja de ser un simple ejercicio de fuerza cuando quienes participan en ella están dispuestos a escuchar argumentos distintos de los propios. En sociedades fragmentadas, escuchar constituye un acto político de primer orden.
El PLRA viene de años complejos. Derrotas electorales, disputas de liderazgo, fragmentaciones internas y una creciente desconexión con amplios sectores de la ciudadanía erosionaron su capacidad de consolidarse como una alternativa sólida de poder. Por ello, la convocatoria al debate interno y la apertura hacia los distintos sectores partidarios constituyen señales que no deberían ser minimizadas.
No se trata de celebrar anticipadamente ni de construir expectativas desmedidas. Max Weber advertía que la política exige combinar la ética de la convicción con la ética de la responsabilidad. Los discursos importan, pero son los hechos los que terminan otorgando credibilidad a los liderazgos.
Sin embargo, también sería intelectualmente deshonesto ignorar cuando aparecen señales positivas.
La defensa de espacios institucionales para la oposición, como el planteamiento de que la Contraloría General de la República sea ejercida por representantes opositores, forma parte de una concepción republicana elemental: el control del poder no puede quedar exclusivamente en manos del propio poder.
Asimismo, resulta importante distinguir las posiciones institucionales de un partido de las expresiones provenientes de determinados sectores internos. Durante la Asamblea se escucharon acusaciones formuladas por referentes del sector estigarribista hacia otras fuerzas opositoras, particularmente Yo Creo y Cruzada Nacional. Sin embargo, atribuir esas declaraciones al conjunto del partido o a la nueva conducción constituiría una simplificación que distorsiona la realidad política.
Las democracias maduras se construyen sobre la capacidad de diferenciar el debate interno de las decisiones institucionales.
Paraguay atraviesa una etapa en la que la ciudadanía observa con creciente escepticismo a toda la dirigencia política. La desconfianza se ha convertido en un fenómeno estructural. En este contexto, escuchar ya no representa una cortesía; representa una necesidad política.
Quizás sea demasiado pronto para emitir juicios definitivos sobre la gestión de Riveros al frente del liberalismo. La prudencia aconseja esperar. Pero también sería injusto negar que sus primeros movimientos transmiten una imagen de firmeza serena, apertura al diálogo y voluntad de reconstrucción institucional.
La historia política demuestra que los partidos no se fortalecen únicamente mediante liderazgos firmes. Se fortalecen cuando recuperan la capacidad de escuchar a sus propias bases, comprender las demandas de la sociedad y actuar con sentido de realidad.
Si estos primeros pasos logran transformarse en una práctica permanente, el PLRA podría comenzar a recorrer un camino distinto al transitado en los últimos años.
Y en la política paraguaya contemporánea, donde abundan los discursos y escasea la escucha, eso ya sería una novedad digna de destacarse.




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